Por qué el descanso en vacaciones no debería medirse por lo productivos y productivas que volvemos, sino como un espacio consciente de recuperación física y emocional, creando hábitos que nos permitan mantener nuestro bienestar.
Maria José Valenzuela, profesora asociada de EAE Business School, analiza las diferencias estructurales entre el descanso genuino y la falsa expectativa de reactivación laboral, evaluando el impacto que tiene la desconexión real en los equipos de trabajo.
Cada julio se repite la misma frase, casi como un ritual: “necesito recargar pilas”. La decimos con alivio, con la convicción de que unas semanas bastarán para volver con más energía. Pero rara vez nos preguntamos qué estamos recargando exactamente.
En algún momento, sin darnos cuenta, convertimos el descanso en una herramienta al servicio del rendimiento. “Recargar baterías” empezó a sonar con lo que hacemos con el móvil por la noche, conectándolo a la electricidad para que rinda al día siguiente. Como si fuéramos dispositivos que se vacían y se llenan y cuyo propósito fuera únicamente volver a producir.
Descansar y recargar pilas no son lo mismo, aunque los usemos habitualmente como sinónimos. El riesgo de la segunda idea es que se convierte en un indicador más, en una casilla de la misma agenda de la que intentábamos escapar. En particular cuando hacemos un viaje porque tenemos la necesidad de “aprovechar el tiempo”. Organizamos itinerarios imposibles, con unas agendas repletas, la necesidad de documentar cada momento, el correo que revisamos “solo por si acaso”. Hemos llevado la lógica del rendimiento al único espacio que debería estar libre de ella: nuestras vacaciones.
Nos gusta pensar que unas semanas de descanso bastarán para «resetear» el cuerpo y volver como nuevos. Y, sin duda, las vacaciones ayudan. Dormimos mejor, bajamos el ritmo y nos alejamos, al menos durante un tiempo, de aquello que nos genera tensión. A no ser que haya decidido unas vacaciones fabulosas con itinerarios y horarios imposibles. Siempre nos quedará que hemos “desconectado”, eso sí, pero descansar es otra cosa. Lo importante es entender que cuando el estrés lleva instalado en nuestra vida durante meses, la recuperación no es tan inmediata.
Es cierto que el cortisol, la conocida hormona del estrés, se elimina del organismo en pocas horas. Lo comento por la idea generalizada de que “acumulamos estrés” no es del todo cierta. Sin embargo, el problema del estrés crónico no es que el cortisol permanezca en el cuerpo, sino que el organismo lleva demasiado tiempo funcionando en modo alerta. Durante ese periodo se producen cambios en la forma en que nuestro cerebro y nuestro cuerpo regulan la respuesta al estrés (seguramente has escuchado o sufrido procesos de inflamación interna), además de alteraciones en el sueño, en el sistema nervioso y en otros procesos fisiológicos.
Por eso, recuperarse no consiste simplemente en esperar a que el cortisol vuelva a la normalidad tras unos días de descanso. La evidencia científica muestra que, después de una exposición prolongada al estrés, el organismo puede necesitar días, semanas o incluso meses para recuperar un funcionamiento más equilibrado. Las vacaciones pueden ser el comienzo de esa recuperación, pero rara vez son suficientes para deshacer, por sí solas, los efectos de un estrés mantenido en el tiempo, especialmente si al regresar nos espera exactamente el mismo contexto que nos llevó hasta allí.
Y aquí es donde me gustaría rescatar la expresión, no descartarla. Porque sí quiero que recarguemos las pilas. Pero no las del rendimiento, las otras. Las que el día a día no nos deja atender.
Recargar de verdad es volver a las conversaciones sin reloj. A las comidas largas con la familia o amigos, esas donde nadie mira el teléfono (o casi nadie). Al cuerpo que por fin duerme lo que necesita. Al juego, que de adultos y con tantas obligaciones casi hemos olvidado. Al silencio que nos devuelve algo de claridad. A esos momentos para ti, en la forma que decidas. Y si además incluye movimiento y comida saludable, mucho mejor. Y también es reconectar con las relaciones y los momentos personales que el ritmo cotidiano deja siempre “para cuando tenga tiempo” y nunca llega.
Y a la vuelta, plantéate cuáles de esos elementos puedes integrar en tu día a día. Porque tu energía es finita, no lo contrario. La energía es el verdadero capital de cualquier proyecto profesional y esa energía no nace del trabajo, nace de todo lo que lo rodea. De la salud, de los vínculos, de la calma, de la alegría. Cuando esas áreas están cuidadas, el rendimiento aparece solo, como consecuencia natural. Nunca al revés.
Por eso creo que la mejor forma de enfocar las vacaciones no es preguntarnos cómo volver más productivos, sino qué parte de nuestra vida hemos tenido aparcada y merece, por fin, un poco de espacio.
Las empresas también tienen una responsabilidad que no siempre asumen. Construir una cultura de desconexión real es clave. Planificar bien las ausencias, repartir responsabilidad antes de las vacaciones, dejar de tratar el descanso como un síntoma de falta de compromiso, no es un gesto amable, es una decisión de estrategia basada en bienestar real. Dejarlo en la responsabilidad individual, sin una coordinación empresarial, es poner el mismo peso en las mismas espaldas y no permitir que la persona pueda tener el descanso que necesita.
Los equipos que descansan de verdad, y se lo permiten, son los que sostienen el proyecto en el tiempo. Los que no, pierden talento, se desmotivan y se apagan. El agotamiento no es sostenible, por más que nos esforcemos en poner todos los incentivos externos e internos para sostenerlo.
Así que cuando digas “vos a recargar pilas”, te invito a hacerte una pregunta distinta: ¿qué es lo que de verdad necesitas recuperar? ¿Qué es lo que te está pidiendo tu cuerpo? Casi nunca es energía para trabajar. Casi siempre es tiempo para vivir, que es la riqueza más carente que tenemos actualmente.
Y sí, trabajar es esencial para vivir, pero no a cualquier precio, cuando el precio es tu tiempo y es tu salud. Y esta última es la mejor inversión que puedes hacer. También para tu trabajo.

