El VAR, la data y la IA

Por: Jairo Sánchez Luquerna, docente de la Escuela de Ciencias Básicas de la Universidad Politécnico Grancolombiano.

Confieso que cada vez que el VAR aparece, el fútbol ya no se siente igual. No es que sea aburrido, es distinto. Más vigilado, más analizado, más calculado que nunca. Y entonces me pregunto: ¿de verdad estamos viendo un juego más justo, o simplemente un juego donde el error cambió de forma y ahora parece más sofisticado?

En el análisis que hemos venido construyendo desde el Politécnico Grancolombiano, insisto en algo importante: la tecnología no eliminó el error, lo transformó. Antes discutíamos lo que el árbitro creía haber visto, hoy discutimos cómo interpretar lo que muestran las cámaras. Pasamos del ojo humano al ojo digital, pero la discusión sigue viva.

Y sí, hay avances innegables. El VAR ha reducido errores evidentes, jugadas que antes eran imposibles de juzgar en tiempo real, hoy se revisan con múltiples ángulos y repeticiones. La tecnología amplía la evidencia y reduce la dependencia absoluta de la percepción instantánea. Pero eso no significa que entienda mejor el juego.

Ahí entra la inteligencia artificial, que ya dejó de ser una promesa lejana. Sistemas que rastrean posiciones, identifican puntos del cuerpo, trazan líneas milimétricas y hasta detectan el momento exacto del contacto del balón con una precisión casi absoluta. Pero esa precisión sirve para lo que se puede medir, no para lo que se tiene que interpretar.

Porque no es lo mismo saber si un jugador está adelantado por centímetros que decidir si hubo intención, contacto suficiente o una falta real. La clave es que no todo funciona igual: hay jugadas que la tecnología resuelve fácil, pero otras siguen dependiendo del ojo y el criterio humano. Y ahí nunca deja de haber discusión.

Donde el juego se vuelve dato

Lo que viene con el Mundial va a hacer aún más evidente todo esto. No solo por el arbitraje, sino por la manera en que vamos a vivir cada partido. Cada jugada no será solo una acción en cancha, será también un dato, una repetición, una decisión que circula, se analiza y se reinterpreta casi en tiempo real.

Ya no se trata solo de ver el partido de principio a fin. Cada uno lo vive distinto: hay quienes siguen el juego completo y otros que se quedan con los momentos clave, las estadísticas, lo que más se repite o más impacto genera. Sin darnos cuenta, hay una capa invisible (los algoritmos) que empieza a decidir qué vemos y cómo lo entendemos.

Y ahí el arbitraje también cambia de lugar. Las decisiones dejan de ser solo del momento y pasan a ser parte de una conversación constante, que se repite, se cuestiona y se amplifica. El VAR ya no es solo una herramienta en la cancha, es parte de lo que se muestra, se discute y se consume. Y eso cambia la forma en que entendemos incluso las decisiones arbitrales.

Al final, lo que se transforma es la discusión. Ya no nos peleamos por lo que pasó, sino por cómo se lee lo que pasó. El ángulo de la cámara, el frame exacto, el criterio para intervenir. La tecnología no acaba la polémica, la eleva; la hace más detallada, pero no necesariamente más justa.

Y en medio de todo esto, hay algo que estamos perdiendo sin darnos cuenta: la emoción sin filtro. Celebramos un gol y miramos al árbitro… dudamos, esperamos, el grito queda suspendido. El fútbol, que siempre fue inmediato, ahora pasa por una pausa obligada. Y esa pausa, aunque más precisa, también enfría.

Por eso, más que decir que el fútbol es más justo, yo lo veo más controlado y explicado, pero no necesariamente mejor entendido. Tenemos más herramientas, sí, pero sigue pendiente lo más difícil: equilibrar precisión con sentido del juego. Porque si todo puede medirse, pero igual no nos termina de convencer, tal vez el problema ya no es el error, sino nuestra obsesión por corregirlo todo.